Revista nº 179. Empresa criminal y finanza mafiosa

EMPRESA CRIMINAL Y FINANZA MAFIOSA.

Tulio Rosembuj. Catedrático de Derecho Financiero y Tributario de la Universidad de Barcelona.

Uno de los vectores de la globalización es la criminalidad organizada y la financiación del terrorismo. La dimensión y difusión de la empresa criminal es imparable. No es solo el flujo financiero, sino su instalación en los mercados, a paridad de condiciones con la empresa legítima. La competencia es difícil cuando no imposible, porque la empresa criminal carece de problemas de liquidez y de responsabilidad social corporativa en el cumplimiento de las obligaciones laborales, tributarias, medioambientales. La empresa criminal es el sueño de aquellos que enseñaban en las escuelas de negocios que no hay otra lógica que la maximización del beneficio, cualquiera que sea el modo o la forma de conseguirlo.

La empresa criminal es peligrosamente transnacional y, por tanto, su localización es casual y relativa. Su instalación es cuestión de oportunidad: allí donde se pueda aprovechar la ausencia de gobernanza, de manos limpias, de regulación legal, pública o cultural. No es extraño que conforme una preocupación permanente del G-20 desde la crisis financiera del 2008. Básicamente, porque su poder financiero, económico y organizativo le hace protagonista, tanto impulsor como causante de riesgo sistémico.

El ingreso ilícito ponderado de trillones de dólares se encauza mediante el blanqueo de capitales, la evasión fiscal y la corrupción a lo largo y ancho del globo. Hay una economía de oferta de servicios que lo consiente, sean asesores legales, contables o instituciones financieras, bancarias, aseguradoras que le sirven de soporte.

La empresa criminal no implica solo un problema moral o de ilegalidad. Es, además, un factor determinante de burbujas económicas artificiosas y especulativas. Solo por la preocupación del G-20 podemos interpretar su papel en la crisis financiera, sin saber a ciencia cierta, en cuanto y en como.

Dice Roberto Saviano que la Cosa Nostra italiana llama a la costa del Levante español la Costa Nostra. Un territorio destruido por el abuso propietario y que abruptamente se abandona cuando se cierne la crisis financiera. La empresa criminal retiró sus beneficios un día antes; mientras que en las pérdidas quedaron atrapados los deudores hipotecarios, las pequeñas empresas, los bancos locales.

Por tanto, la lucha contra la criminalidad organizada es una decisión perentoria de cualquier Estado y, mejor aún, de grupos coordinados de Estados. La erosión de la renta y la riqueza limita sus posibilidades de crecimiento, de distribución justa y de estabilidad monetaria. Y, sobre todo, pinta de negro cualquier aspiración de mínima corrección social.

No es casual la convergencia entre criminalidad organizada, blanqueo de capitales y evasión fiscal, al fin y al cabo, usan los mismos agentes, consultores, instituciones y destinos. Gracias a Bin Laden EEUU se enteró que los paraísos fiscales no distinguen entre el honesto evasor fiscal, la empresa multinacional y el terrorismo o el narco tráfico. Naturalmente, ha costado casi una década entender que el fraude fiscal es un delito subyacente del blanqueo de capitales, tan peligroso como el tráfico de drogas, de armas, de seres humanos. Y digo, naturalmente, porque los que lo negaban eran los que desarrollaron la ingeniería financiera, la planificación fiscal, los diseños de evasión fiscal, blanqueo de capitales y corrupción generalizada.

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La clave es el fortalecimiento de la potestad pública, de la disciplina legal, de la integridad de la función administrativa. No hay misterios que no sepamos del capital. Y uno de ellos, quizá el más importante, es que no hay fortuna en menos de una generación que no levante ampollas ni empresas que, por lo mismo, no susciten recelos. Por lo tanto, toda aceleración de patrimonio no es mérito de su promotor, si no de los que le facilitan los medios y recursos ilícitos para gestionarlos por intermediarios, testaferros, sociedades interpuestas, entidades sin personalidad jurídica.

Un ejemplo de libro es el asunto B. Madoff. Resulta imposible aceptar que este personaje fuera capaz de engañar a los principales bancos del mundo, a las principales agencias de control, a las autoridades bursátiles y bancarias. Ahora, H.Markopoulos, un llanero solitario, que vio el drama desde el inicio denuncia, ante el Congreso americano y en su libro, la colusión entre Madoff, la mafia rusa y el narcotráfico; a la que se sumaron, obviamente, los fondos de alimentación de la gran banca europea, principalmente, con finalidades de ocultación y evasión fiscal.

La primera etapa de la criminalidad organizada fue la mera acumulación de dinero resultado de su tráfico ilegal. La segunda, consistió en aprovechar los flujos financieros para dirigirlos a centros offshore. La tercera, supuso el máximo aprovechamiento de los recursos para inversión en el mercado, sectores inmobiliarios, turísticos, obras públicas, sevicios de gestión de residuos y de la asistencia sanitaria pública. Ahora, en la cuarta, se produce la coexistencia entre empresa criminal y finanzas.

La ideología mafiosa triunfa en la financiarización del sistema económico. Basta con examinar la función de los 16 bancos que controlan el mercado financiero global en la crisis sistémica, para reparar en las similitudes entre la empresa criminal y el sistema financiero opaco y desregulado. La empresa criminal se impone como paradigma de eficiencia económica, el máximo beneficio en el menor tiempo posible, y, curiosamente, aprovecha para su consolidación la estructura y propósito de las entidades bancarias, aseguradoras, fondos de inversión, banca a la sombra, paraísos fiscales y agencias de calificación. A su turno, es el sistema financiero desregulado el vehículo de desplazamiento global de los recursos ilícitos.

Después de las investigaciones del Senado de los EEUU sobre el comportamiento de los bancos y de la banca a la sombra no cabe duda alguna que la coincidencia sustancial que anima el espíritu financiero le viene del anonimato, de la opacidad, de la corrupción, de la impunidad. Precisamente, los atributos que convierten a una empresa criminal en modelo de conducta.

El ordenamiento jurídico reacciona, lenta pero gradualmente, ante la invasión de la criminalidad organizada. Pero, es un combate desigual. Cada Estado por sí solo no puede afrontarlo. Y es difícil coordinar al conjunto. Básicamente, porque hay Estados que son esencialmente territorio criminal y otros que sirven de soporte y amplificación. El blanqueo de capitales, en estas circunstancias, es solo una cuestión de precio. Un servicio que se encarece cuando acecha el riesgo.

Paradójicamente, la agresión fiscal es la más útil. La aplicación de la doctrina Capone es un instrumento básico porque si hay algo que comparte la empresa criminal con los grandes evasores fiscales es el terror al impuesto mínimo. Para que ello no se aplique no dudan en las estrategias más complejas y sofisticadas de ocultación de rentas y riqueza, la minimización del impuesto, la producción seriada de tax shelters, el uso sistemático del arbitraje fiscal internacional. Por eso, seguramente, desde la experiencia fiscal es donde se pueden conseguir los mejores resultados contra la criminalidad organizada, incluyendo, obviamente, la confiscación de los bienes que son producto de los delitos, la extraterritorialidad de la ley y la responsabilidad de los que cooperan, colaboran, ayudan a que el blanqueo de capitales sea el vértice de apoyo de todo el entramado.