Revista nº 200. Deloitte: otra manzana podrida

DELOITTE: OTRA MANZANA PODRIDA.

TULIO ROSEMBUJ

Las grandes consultoras legales, contables, financieras, fueron uno de los soportes del capitalismo financiero rampante de los 80. A partir de la caída de Arthur Andersen, implicada en el asunto Enron, algo empezó a cambiar. La industria del consulting comenzó a ser muy parecida a sus clientes. Es más. Algunos de ellos dijeron que si hacían las cosas que hicieron fue por los consejos recibidos. Los guardianes del mercado, como las agencias de calificación, se transformaron en la vanguardia opaca del beneficio ilícito, de la inconducta, de la evasión y el blanqueo de dinero.

No hubo ni hay escándalo financiero, sobre todo, desde 2008, en el que no aparezca una consultora implicada, por lo que hizo o por lo que dejó de hacer. Claro, la recompensa es incalculable. Yo te dejo, si tú me dejas: la complicidad entre revisor y revisado fue absoluta y lejos de responder a cierta verosimilitud, al menos para guardar las apariencias, se convirtió en el propósito no declarado de la actividad profesional. Donde haya un descosido, siempre existirá una gran consultora para el remiendo.

No hubo ninguna consultora, de las internacionales, a la que no se le llamara la atención. La última, por el momento, es Deloitte. La firma acaba de ser suspendida por un año de prestar servicios y multada por millones de dólares, por cooperar en el blanqueo de dinero del Stan Chart, banco ingles sancionado el año pasado en Nueva York.

Las autoridades financieras de Nueva York advierten que la investigación y reforma de la industria consultora está lejos de haber terminado.

Hay que recordar que, precisamente, Deloitte colaboró en el desastre de Bankia, omitiendo cualquier reserva expresa sobre la situación de quiebra técnica que afrontaba.

La reflexión es clara: la empresa transnacional, el sistema financiero, la banca a la sombra necesitan de sus propios revisores, para legitimar las prácticas ilícitas que llevan a cabo. Ni se puede legitimar el precio de transferencia, la creación artificiosa de gastos, la corrupción a personajes políticos, o el blanqueo de dinero, la manipulación del LIBOR o de los tipos de cambio; sin la ayuda de la industria consultora.

Los profesionales, esa clase de profesionales, responden pura y exclusivamente a la hora facturada y, por tanto, sus conclusiones son más positivas, en la medida en que haya màs horas dedicadas a su elaboración. El conflicto de intereses es abierto y notorio. Que motivación puede guiar a una consultora a expresar su impresión crítica, si en ello le va su presupuesto y el beneficio al que aspira.

La mezcla de la consultora con la mala conducta, como en el caso de las agencias de calificación, tiene como fuente su falta de independencia del cliente. Nadie paga a un revisor para que le critique. Sería del género tonto. Ambos tienen un interés común y compartido, consistente en elevar el engaño a categoría de arte, para que las autoridades públicas ignoren lo que se debería saber y los accionistas e inversores desconozcan de la realidad económica de su empresa.

La regulación del sistema de consultoras y, también, de agencias de calificación, debe aspirar a la creación de anticuerpos que separen la revisión del revisado, probablemente, cuerpos que ya existen, pero, que no funcionan, de la gestión de los mercados de valores, de los bancos centrales, de los organismos de la competencia, que pueden examinar en cada caso la verosimilitud y transparencia de la actividad realizada.

Probablemente los mecanismos de control no se aplican porque en el futuro de todo funcionario que se precie, siempre hay una puerta abierta en alguna consultora para continuar.

Las recomendaciones de la unidad de lucha contra el blanqueo de capitales comprenden a los políticos sospechosos de corrupción y a los profesionales intervinientes en la realización. Obviamente, la industria consultora está en primera línea de fuego.

Deloitte es la confirmación que sin un sistema estable de complicidades resultaría imposible a la empresa transnacional, al sistema financiero, a la banca en la sombra, culminar con éxito la conquista del beneficio a cualquier precio. La suerte que tienen es que los Estados, salvo EEUU, son ciegos, sordos, mudos a las asechanzas. Y esto no tiene nada que ver con el mercado, la competencia, el comercio; si no, básicamente, con la corrupción de la noticia, de la información, de los datos. En el fondo, todo es un problema de membrete, de sello, de apariencia. Si le quitas valor al affidávit de la industria consultora, sometiéndola a criterios de examen crítico, no queda nada o casi nada. Pero, sin exagerar, se puede corregir.

La propuesta de la División de Servicios Financieros del Estado de Nueva York propone, como guía para la industria, que:

-La empresa debe desvelar el trabajo anterior que podría representar potenciales conflictos de intereses con la entidad financiera.

-La empresa debe firmar una declaración de independencia que requiere que su trabajo se funde en su juicio autónomo, que no en el de la entidad financiera revisada.

-La empresa en su informe final debe mencionar la lista del personal que participó en su actividad y las divergencias que se manifestaron.

-La empresa debe conservar las recomendaciones efectuadas y el grado de su cumplimiento por la entidad financiera.

-La empresa debe mantener reuniones mensuales con el organismo regulador.

El acuerdo entre Deloitte y el Estado de Nueva York es un instrumento básico que espera su réplica en cualquier otro país o región. Una forma de disciplina que impida los abusos ocurridos hasta ahora. Desde el 8 de junio de 2013, en que se firma, que cada uno piense lo que quiera. No es tan difícil incurrir en la corrección.