NI REFORMA NI CONTRAREFORMA

Comenzamos un año pacífico. No hubo reforma ni habrá contrarreforma. Sólo tuvimos las amenazas y los anuncios, las declaraciones y los desmentidos. La verdad es que esperábamos más emociones y pasiones del nuevo gobierno. Nada. Sólo gestión. Es cierto que nada obliga a las auditorías de infarto ni a perseguir a personajes, artistas o banqueros. La Administración tributaria, al fin y al cabo, no es telebasura, corazón o salsa rosa.

 

Pero, la verdad es que un proyecto no vendría mal. Al fin y al cabo de un gobierno socialista podría esperarse alguna idea, no necesariamente nueva ni creativa, pero alguna idea sería de agradecer.

 

El 2005 se inaugura a la enseña de la reforma estatutaria y constitucional, pero, hay un desierto financiero y fiscal. Será todo tan lamentable como la nueva LGT o peor. No lo sabemos.

 

Y, sin embargo, hay asignaturas pendientes que nunca se acaban de afrontar.

 

Valoración de la Agencia Tributaria. Se debe proponer un balance que permita establecer si el modelo de aplicación de los tributos es el adecuado en comparación al que le precedía. Cabría reflexionar si la distancia entre decisión política y administración debe acentuarse, como en el modelo americano, o retornar al manto de la responsabilidad política inmediata, como los holandeses. La fiscalidad es lo suficientemente importante para que no exista ninguna responsabilidad política de su aplicación. En palabras simples, esto significa que el Ministro desaparece del organigrama de la Agencia, y ésta asume la responsabilidad política de su propia actividad o, al contrario, desaparece la Agencia y todo el fardo vuelve al Ministro. Ahora navegamos en el mejor de los mundos donde nunca ninguno asume la menor responsabilidad por los desajustes, desaguisados, errores o ineficiencias.

 

Valoración del sistema tributario. Nunca debe asumirse como definitivo un sistema que debe acomodarse a los tiempos a medida que transcurren, sobre todo, porque el precio de la convivencia, cambia con ellos. No sabemos si el pago por vivir en esta sociedad es el que realmente pagamos y estamos dispuestos a pagar. En forma interesada y parcial diría que no. Y el cálculo no es difícil. A más fraude, menos satisfacción. Si hay tanto como el que nos dicen esto significa que los contribuyentes no están demasiado contentos con el precio que les toca. Podría decirse que esto ocurrirá siempre con cualquier argumento, pero no es tan claro. Hay un techo de impuesto directo que propicia la aceptación o el rechazo. Todo esto para decir que el IRPF debería ser un impuesto proporcional con dos tarifas de gravamen y poco más.

 

Valoración de la aplicación del sistema tributario. Es un sistema obsesionado con la evasión y que sólo contempla el formulario como medio de combate. La presión fiscal indirecta es insoportable y no termina nunca. De nuevo, el formulario no sirve sino para lo que sirve. El defecto de información es grave, pero peor es el exceso no utilizado. La realidad es que se traba una distancia con el contribuyente que le obliga a alejarse de la Administración, simplemente, por agotamiento.

 

No se entiende el despilfarro administrativo de recursos humanos en pura burocracia en vez de afectarlos a actividad de asistencia o ayuda a la comprobación. La Administración Tributaria del futuro no será administrativa, sino profesional. No será una máquina burocrática, sino un centro de gestión eficaz y eficiente del sistema. Pero, además, necesitará una capacidad adecuada de gestión que, necesariamente, debe derivar de la promoción interna.

 

La conclusión es que la reforma del sistema, de la gestión, de los órganos gestores bien merecen un brainstorming político. No será tan importante como lo que se discute ahora, pero, seguramente, condicionará cualquiera de las decisiones que se adopten. Y es que hasta la mejor Constitución y Estatuto fallan si no tienen un aparato fiscal ajustado a las necesidades colectivas. Hay gastos públicos que es menester pagar.